Sobre animales y zoológicos

Es loco pensar que en el siglo pasado, ese siglo en el que yo nací y seguro muchxs de ustedes también, las personas de afrodescendientes no podían compartir el colectivo, el baño o tomar agua con las personas blancas. No solo pasó en Estados Unidos, el país que se infla el pecho hablando en nombre de todo el mundo y que se considera el guardián y defensor de la democracia; pasó hasta casi finales del siglo en Sudáfrica, por ejemplo.

Hay una película muy buena sobre la discriminación racial en EE.UU., se llama “The help”, es una película de 2011 que fue muy premiada. Cuenta la historia de una comunidad en donde todos los días las mujeres afroamericanas salen a trabajar a los hogares de las familias blancas y soportan todo tipo de humillaciones. Crían a los hijos de las familias pero no pueden compartir el baño. Supongo que a muchas personas le genera empatía, toman partido y se ponen del lado de las débiles.

Ya estamos arañando la mitad de la segunda década del siglo XXI y prácticas que deberían causar repudio, ser cuestionadas, siguen ahí, existiendo, un ejemplo de ello: los zoológicos. Zoo-ilógicos, diría yo. No puedo entender el concepto de este tipo de establecimientos, no puedo comprender como existen personas que pagan por ver animales sufriendo, fuera de sus hábitats de origen, super estresados…

Cuando era chica y como gran amante de los animales, mi mamá me llevó al zoológico porteño. Tengo tres recuerdos: el primero salta por su increíble actualidad, era pleno verano y el oso polar lamía un gran cubo de hielo con zanahorias adentro, supongo que tendría pescado y otras cosas. El segundo es ver como los elefantes levantaban tierra y el tercero es un mono saltando en su pequeño espacio. Ver al oso polar con esa temperatura me conmovió y no recuerdo haber salido muy contenta de allí. Suponiendo que tendría diez años, faltaban solo dos para que yo le diga ¡basta! a la explotación animal, tomando el partido que se puede tomar: no ser cómplice.

Tiempo después y siendo vegana volví al zoológico para ver de cerca lo que repudiaba y actualizar un poco mis recuerdos. Los de allí no fueron mejores. Ver los ojos llorosos de los elefantes me quebró para siempre. Ver a los flamencos con las alas cortadas para que no se vuelen, Y ver que el lugar es terriblemente sucio, que la gente le tira basura a los animales, que les golpean los vidrios, que les gritan para sacarles fotos. Le pregunté a algunas personas cuál era el motivo que los impulsaba a ir y muchos decían ver a los animales, les pregunté si lo que veían los divertían y la mayoría indicó que no. Salí llorando del zoológico.

Hace un tiempo el oso polar murió. Supongo que era el mismo, no sé cuanto tiempo vive un oso, pero si era el mismo o era otro, para el caso da igual. El oso murió de calor. En el medio del cemento, en el encierro solitario del cautiverio, un oso que proviene del clima polar (frío extremo) sucumbió al calor porteño. La sensibilidad por tan bello animal generó repudio de parte de muchas personas no involucradas en la lucha por los derechos de los animales, personas comunes que se sensibilizaron con la pérdida. Eso generó una reflexión efímera acerca de la permanencia de los zoológicos.

greenpeace

Sumado al caso del oso aparecieron varias cosas más. Por ejemplo otro caso, el del oso Arturo del zoológico de Mendoza que ante un panorama parecido al del oso del zoo porteño y bajo la tutela de Greenpeace, se generó una gran campaña para pedirle a las autoridades de la provincia que trasladen al oso a un hábitat acorde a su especie. Entre la presión de las peticiones y una gran cantidad de idas y de vueltas, hubo una promesa oficial pero aún estamos en veremos.

Ayer, un zoológico de Dinamarca decidió sacrificar a una jirafa bebé por un tema de genética, afirmando que  era riesgoso llevarla a otro zoológico o dejarla en libertad. A la jirafa la asesinaron de un tiro, le hicieron una autopsia en público (mientras nenas y nenes miraban) y luego le dieron los restos a los leones. Increíble.

Ahora vamos a lo que nos concierne. No es una cosa del primer o del tercer mundo. No tiene que ver con mayor acceso a la educación o PBI, nada de eso. Se trata de un pensamiento que nos atraviesa como sociedad occidental, ese pensamiento que nos está llevando a la hecatombe ecológica, a las catástrofes inevitables: la idea que los seres humanos somos los dueños de la Tierra, de la naturaleza y de sus seres. Lxs  humanxs nos hemos olvidado que también somos animales y en general, muchos humanxs detentan un poder nefasto: el de decidir sobre la vida de los demás.

¿Con qué derecho alguien puede sacar a un animal de su hábitat natural y llevarlo a vivir a una jaula en la ciudad? ¿en dónde puede haber una mejora o un beneficio para el animal? ¿Cuál sería el pretexto para poner animales enjaulados en el medio de Palermo, por ejemplo? Muchas de las personas a las que entrevisté en aquella ocasión en el zoológico me dijeron que iban porque querían que sus hijos conozcan a los animales. Y pienso, hoy con internet, con los documentales que se pasan en TV, con acceso a libros y a gran cantidad de contenidos que nos pueden enseñar tanto de los animales ¿por qué ir a verlos encerrados? La mirada compasiva ve la tristeza en los ojos de los animales, el estrés, las conductas repetitivas y estereotipadas. Nadie me va a convencer de que el zoológico es mejor para los animales, de la misma manera que era mejor el aparheid o la esclavitud.

Para ver esto como lo que es tenemos que pensar que los animales sienten. Los medios de comunicación celebran cuando un animal nace en cautiverio, como si eso fuera un motivo de festejo. Luego, esos mismos medios se horrorizan mostrando a la jirafita mutilada. Lo que los medios no nos dicen es que la capacidad de ponerle un fin a esto está en nosotrxs: no hay que ir al zoológico. No hay que promover ese comercio cruel, asesino, retrógrado, especista, maléfico. Y de la misma manera no hay que promover los acuarios ni los circos con animales, ni las domas ni ningún espectáculo que los utilice. El poder de cambiar las cosas está en nuestras manos, si no queremos más osos muertos, jirafas asesinadas, elefantes que lloran, no paguemos la entrada a esos espectáculos. El poder de cambiar comienza por cada persona.

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