[Reseña] Dios mío.Un viaje por la India en busca de Sai Baba

Buscando libros de segunda mano bajo la temática “India” me topé con “Dios mío. Un viaje por la India en busca de Sai Baba” de Martín Caparrós, un libro que data del 93 pero que se reimprimió bajo la editorial Planeta en 2011 con motivo de la muerte del líder religioso hindú. Me lo compré de inmediato. No sabía que el libro existía y más que interesarme por la temática Sai Baba, quería leer sobre Caparrós en la India. Había leído “Amor y anarquía” y él había estado viviendo en la casa okupa de Turín, en donde vivía Soledad Rosas. Me gusta el estilo de Caparrós y supuse que sería un libro interesante de leer.

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Lo primero que leí no me gustó, decía que el olor a la India era a mierda. Esa frase me cacheteó porque presumí que el tono venía burlón de este país del Tercer Mundo y partía de un prejuicio: el de que quienes creen son tarados. A lo largo del libro esa ironía se hace latente, las críticas y juicios se cuelan en forma de frases inteligentes y otras más descaradas en busca de un guiño cómplice de argentinidad. Lo que sí me gustó es que recorre la India y va brindando una perspectiva del lugar y de los devotos del disque avatar. Lo que me gusta es que Caparrós pone el cuerpo en busca de ejercer un tipo de periodismo que tal vez ya está olvidado y le dedica su tiempo: se va a vivir al ashram, canta los cánticos, come la comida vegetariana, se viste de devoto.  Pienso que hoy la aproximación a otras religiones, prácticas o culturas en la TV es generalmente bajo un dejo de burla, de obviedad, de retrato recortado de una cosmovisión, algo que es mucho más complejo y no sólo eso, sino también que se trata de imágenes brutales, impactantes y la interpretación mediocre, siempre mediocre. Una edición que esconde un prejuicio.

Bueno, Caparrós trata de luchar contra eso, trata de pensar como los devotos, pero es obvio que con lo que va descubriendo va pareciéndose a ese intelectual argento, ex militante de los 70, exiliado político en dictadura, viajero del mundo, groso periodista que se sumerge en la otredad extrema. Bueno, en cierta forma si una mira con varios elementos sobre la mesa, la figura de Sai Baba, de inmediato se lo puede presumir chanta. Digo, el tipo dice que es Dios, ya de ahí partimos de un gran ego ¿por qué Dios y no un profeta? Bueno, es interesante lo que dice el autor, en los 90, esta corriente new age caló profundo porque no exigía ningún tipo de abandono o compromiso, se trata más bien de una religión light y en pleno neoliberalismo, la caída de los grandes relatos y el exotismo de la India, le sumaban un interesante y atractivo condimento. El libro muestra las justificaciones de los devotos, una constante de “si Baba me vio es porque quiere que haga esto” “si Baba no me vio es porque quiere que haga el otro”, básicamente, Baba guía los pasos de estos seguidores de formas muy misteriosas.

El libro muestra un panorama interesante, recuerdo que en los 90, yo tenía 6 años, crecí chupando la mamadera de la TV y la mediocridad ascelerada que planteó la entrada a nuestra cultura de productos pensados en otros lares. Sai Baba se coló con ellos, recuerdo a las chicas Olmedo, confesar en el living de Susana Giménez como Baba les cambió la vida. Recuerdo las sospechas que se le arrojaban, más que nada, develando sus materializaciones, fotos que mostraban como sostenía en la mano lo que luego sacaba del jarrón. La perspectiva del escritor en este caso, está alineada con lo que pienso, es difícil confiar en gurúes que fundan un imperio, que tienen aeropuertos para sus personajes VIP invitados, que mantienen íntimas relaciones con su gobierno y a cambio no son investigados. Manejar la fe de la personas, ya me parece un asunto complejo.

Recomiendo el libro, me gusta como investigación periodística, me gusta la temática. También me gusta lo que concluye Caparrós, sobre las creencias, sobre que le gustaría creer.

Día del periodista

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Hace muchos años atrás yo decía que iba a ser doctora. Contenta, pedía a mi mamá que me compre el Billiken que traía el cuerpo humano. La realidad era que portaba un cuaderno día y noche y que a la vez que corría a ponerle una curita a los vecinos, trataba de aprender a escribir. La primera palabra que escribí sola y sin que nadie me la diga, ni la copie fue “toro”, absurdamente real. Las letras no me abandonaron nunca, ni aún cuando juraba que yo como médica me internaría en la selva chaqueña, me alistaría a Médicos sin Fronteras y curaría las enfermedades a las víctimas de las guerras. La vida me sacudió completamente: yo no servía para la medicina, sin embargo tenía una pasión natural por la escritura y una gran vocación social, era extremadamente curiosa, incansablemente cuestionadora y apasionada por contarles a los demás las cosas que no sabían. Casi como si fuera lo más normal del mundo, tiré mis deseos de ser médica y abracé los de ser periodista. Si me preguntaban en el CBC por qué estudiaba comunicación, decía: “porque voy a ser periodista, porque voy a estar en el lugar de los hechos y los voy a contar”. A pesar de que muchos entran a comunicación con el mismo deseo, pocos llegan hasta el final y de los que llegan, pocos terminan eligiendo finalmente esa orientación. Yo lo hice,  soy de decisiones determinantes (no creo que eso sea necesariamente algo bueno).

Nunca pude aceptar un trabajo de periodista porque siempre me ofrecían pagarme menos de lo que yo pagaba de alquiler. Siempre viví la precarización de la profesión como un gran impedimento para desplegar mi vocación. Decido trabajar gratis para un diario online, pero lo hago solo porque así lo quiero yo. En este tiempo me ofrecieron trabajar en muchas revistas muy copadas, pero gratis y no acepté por solidaridad con mis colegas. Entonces, me dedico al periodismo desde estos espacios, míos y en dónde puedo comunicar lo que me interesa. Igual, no soy ingrata, el periodismo es solo una faceta de la comunicación y yo trabajo en comunicación haciendo incluso cosas más amplias que el periodismo. Quizás porque no laburo todos los días en la calle o no tuve que pasar por los recortes de los editores, es porque aprecio y observo a la profesión como algo mágico. Sin embargo, soy consciente de que en el periodismo se juegan muchas más luchas que el deseo de comunicar con honestidad. No hablemos de la independencia, eso es algo en lo que no creo. Yo no soy objetiva, tomo un punto de vista, me paro, decido a quién entrevistar, decido a quien le doy voz, a quien dejo afuera, a quien meto para confrontar. No decirlo sería traicionar una confianza, la realidad es que yo lo digo, pero todos los hacen y dicen que no, que son independientes.

Esta es la excusa para decir que me siento periodista y por eso, a todas y todos los colegas que ejercen la profesión más hermosa del mundo, ¡feliz día!