¿Por qué adorar Sex and the City?

Motivos sobran: mujeres treintañeras, independientes, solteras, con empleos geniales que caminan por New York con la ropa, zapatos y carteras más increíbles. Es un gran motivo. Otro puede ser que hacia finales de los 90, esta serie rompió con muchos mitos, la mujer sigue ganando espacio, pero el imaginario colectivo sigue idealizándola. Sex and the City llegó para aportarle la crudeza, para decir desenfadamente: “a mi los mejores orgasmos me los da un consolador” o “no quiero ser madre”.

Lo que yo adoro de Sex and the City, además de todo eso, es que sus personajes se equivocan, son torpes, fracasan, sienten culpa, son histéricos, hacen lo que dicen que no van a hacer, envidian, traicionan, lloran, no pueden, no les sale. Hay detractores de Carrie que la consideran una histérica que no deja bien parado a las féminas, sin embargo, yo me siento identificada con Carrie –y esto me ha costado reconocerlo-. Creo que su personaje se humaniza cuando fracasa sucesivamente, cuando no alcanza que sea independiente, hermosa, fashionista, culta y simpática para conquistar al hombre que ama. No le alcanza con que aparezca un novio bueno, inteligente, encantador, independiente, creativo y que le proponga casarse porque ella quiere estar con el incorrecto. Carrie es humana porque cuando se propone dejar de fumar porque Aidan le dice que odia el cigarrillo, ella esconde uno en su cartera y a pesar de que la cita es estupenda, solo quiere que termine para ir a fumárselo, y encima se le termina cayendo en el agua y Aidan la encuentra tratando de rescatar el cigarrillo mojado. Claramente no es impecable, no es una heroína, no es un ejemplo. Carrie no es un ejemplo: miente, duda, engaña. También es sexualmente activa, tiene hombres a los que llamar cuando quiere tener sexo, no le importa acostarse con Big en la primera cita –en el suelo- y tampoco rechaza a un adolescente que comparte un roñosa habitación con su amigo.

Siempre admiré más a Miranda, siempre me conmovió más. Me sentía identificada con su sarcasmo, con su mirada cargada de prejuicios sobre el mundo, una mujer fuerte abriéndose paso en una carrera de hombres, una mujer que es tan autosuficiente que no puede construir una relación con un barman. Me conmueve Miranda, me hace un nudo en el estómago la escena en la que Steve la lleva a conocer su cuarto de pensión y realmente tiene un traje de pana, de la que ella, pensando que era un chiste, antes se burló. Miranda crece a través de la serie, conquista femeneidad, se hace madre y no solo de su hijo, se da cuenta que puede cuidar a otras personas, que tiene mucho más amor que sarcasmo en su corazón.

Todos los personajes de Sex and the City tienen algo de patético, algo como cualquiera de nosotros. Como cuando Stanford concreta una cita por chat y termina concurriendo a una fiesta gay en la que la condición es estar en calzoncillos y se encuentra rodeado de chongos musculosos que a diferencia de él no son pelados ni tienen panza. Siempre hay algo de perdedores en los personajes de esta serie y eso la hace real, aún cuando en las últimas temporadas explotó al máximo el tema de la moda, que había sabido ser un buen complemento en los primeros años. Hasta Samantha se enamora y Charlote se hace judía por un panzón al que le encanta andar desnudo en su maravillo departamento del Uper East Side.

Quienes consideran a Sex and the City como frívola no comprendieron que todo eso es tan solo una fachada para mostrar que lo que importa es la amistad. Aún cuando en ese maravilloso escenario que es NY se puede ir a las fiestas más increíbles, correr con Manolos de 10 cm. y ser una very important people, también se puede ser patético, como cualquiera de nosotros, se puede sacar una torta de un tarro de basura para comerla, se puede ir a una tarotista de los suburbios para que diga la esperada frase: “este año te vas a casar” o te tropieces cuando vas desfilando y creyéndote que porque te gusta la moda, sos una modelo. La vida misma, con más glamour, claro.